domingo, 21 de diciembre de 2008

Eternamente inocente

En estos poco más de veinte años que han pasado, desde que te fuiste, muchas veces te has puesto en contacto conmigo. Cuando algo de importancia me preocupa, inexplicablemente siempre sucede lo mismo. Estoy dándole vueltas al asunto en la cabeza y de repente escucho a un pájaro. No el trino de un pájaro, sino ese ruido casi inaudible que hacen, no sé explicarlo bien.

Ahora ya lo sé, pero las primeras veces buscaba hasta encontrar de dónde venía ese sonido. Y nunca falla, siempre es un pájaro posado en la ventana o en el balcón, cerca del cristal. No busca comida, simplemente está ahi por un buen rato, como tratando de mirar si lo he visto. Me quedo quieto mirándolo desde dentro para no espantarlo. Y cuando ha piado todo lo que tenía que piar se va volando.
Yo aprendiendo el lenguaje de las aves (gallinas en este caso)

No sé desde cuándo me pasa esto, pero sigue ocurriendo y en cualquier sitio que me encuentre. Como ya te he dicho, cuando algo realmente me tiene preocupado o inquieto. Es entonces cuando viene tu "mensajero" y me dice que no debo preocuparme por nada. Con el vuelo se lleva todas las preocupaciones y me deja la tranquilidad de saber que desde donde estés sigues cuidándonos.

Yo, años después, haciendo un master

Pero esa no es la única forma en que te pones en contacto conmigo. La más común es en sueños. Y hay uno que recuerdo muy bien y lo tuve hace ya por lo menos unos 15 años. Iba yo caminando por la calle, cualquier calle no reconocible para mi en ese momento; de pronto te vi caminando a lo lejos y te ibas acercando. Fue una emoción muy grande cuando ya te tuve cerca y comprobé que eras tu. Te dí un abrazo muy fuerte y no pude contener las lágrimas, a lo que tú respondiste, en un tono muy calmado: "no te pongas asi, ¿qué no sabes que no me he ido?".

Esa frase, como es lógico,  me reconfortó en ese momento, pero también me hizo pensar en otra cosa. De vez en cuando vuelvo a retomar la idea, y me gusta hacerlo, con los años se ha vuelto algo entretenido por decirlo de alguna manera. La historia sería la siguiente:

En algún momento de tu vida alguien te propuso un trato a cambio de algo. Tenía que ser muy importante para aceptar el trato a cambio de las condiciones que te ponían. Y esas condiciones eran que dejaras todo lo que tenías, tu vida en general, olvidarte de familia, amigos, país, todo;  como en las mejores películas de conspiraciones, detectives y pactos de honor. Cambiarían tu identidad y como parte del trato a nosotros nos protegerían sin que nos diéramos cuenta... y de por vida.

Las circunstancias te obligaron a aceptar y sólo poca gente sabía el secreto de lo que pasaría, algún familiar o amigo, pero que no descubriría la verdad llevándosela a la tumba mientras tú, por tu parte, iniciabas una nueva vida en cualquier otro lugar.

Tú con unos amigos, la noche que se firmó el Pacto

Por tu parte, después de dejar todo, la única condición que pedías era que te mantuvieran informado de todo lo que hacíamos en nuestras vidas, incluso acercarte a nosotros disfrazado pero siendo vigilado muy de cerca para que no intentaras descubrirte frente a nosotros contándonos la verdad. Algo parecido al Show de Truman cuando éste ve a su padre subirse en un autobús. Y con aliados o gente compinchada para interactuar con nosotros en algún momento de nuestras vidas enviándote información; convirtiéndose en amigos, profesores, alguien en un autobús que nos mira fijamente y más gente que ni siquiera nos imaginamos.

Con internet ahora tienes más fácil nuestro rastreo, puedes ver la página de donde trabajo, buscar nuestros nombres y saber si hemos dejado algún rastro en algún comentario de cualquier página, sigues la trayectoria de los huracanes para mandar refuerzos y protección. Nos tienes muy bien localizados. Incluso puedo imaginar el momento en que en cualquier lugar del mundo, por ejemplo... Martinsville (por decir algo), sentado tranquilamente, buscando información en internet sobre "cómo convertir a un loro parlanchin en ave mensajera", de repente y sin saber cómo das con esta página, con este Blog dedicado a ti. 

No sé si tú y mi mamá recuerden que una vez uno de ustedes hizo un comentario sobre el por qué no estudiaba yo para detective, me acuerdo muy bien de eso y nunca he dejado de pensarlo, se me da muy bien lo de sospechar sin equivocarme, investigar y sacar coclusiones, atar cabos sueltos, seguir pistas... descifrar el lenguaje de las aves.

Aunque al final de mi investigación resulte que toda esta teoría no es verdad me quedaré tranquilo, sé que tú también te acuerdas de nosotros y de vez en cuando nos visitas en forma de sueños. Eso sin contar que al ave que me encuentre la próxima vez junto a la ventana sea un loro en lugar de un pajarillo.


Eternamente inocente (Fangoria)

domingo, 14 de diciembre de 2008

Tamales de iguanita


En el letrero del Santa Claus aparece el año en que fue hecha esta foto. Finales de 1957, y tú estabas a menos de tres meses de cumplir 8 años. Es de las pocas fotos tuyas siendo niño. La otra está en casa, enmarcada, tienes como uno o dos años y estás con una figura del perro Pluto. No logro reconocerlo pero seguramente es el parque que está frente al mercado, cerca de la iglesia, a la vuelta de la casa de mi abuelita Lolis y donde hasta ahora vive mi tía Irma; donde creciste.

Quizás desde mucho antes ya rondaban por las calles de la ciudad Santa Clauses, mezclándose con Reyes Magos y sus respectivos caballos, elefantes y camellos de fibra de vidrio, en busca de gente que se hiciera fotos con ellos para inmortalizar esos momentos llenos de luces, regalos, piñatas y el inconfundible olor a ponche y tejocotes, entre otros, de las Posadas.


Adivina quién se quedó con el regalo. ¿Edgar, yo... o el clon?


Y cuando digo "rondaban por las calles de la ciudad" es porque prácticamente te los podías encontrar en cualquier sitio, no sólo en lugares concurridos como plazas y parques, sino que iban incluso casa por casa llamando a las puertas. Los había de todo tipo, altos y bajos, gordos y flacos (estos últimos rellenos de esponja debajo del traje), blancos y morenitos. Pero nunca había visto uno con máscara como el que te encontraste tú, o mejor dicho, te encontró a ti, días antes de iniciar el 58.

Adivina para quién son los zapatos. ¿Para mi o para el clon?

Yo siempre creí que los regalos que llevaban como utilería para la foto se los dejaban a los niños después de haber cumplido su objetivo, pero no, la pelota o las cajas, que seguramente estaban vacías, se las llevaban con ellos dejándote con un signo de interrogación en la cabeza. ¿Un Santa Claus que no da regalos... me habré portado mal?, ¿no se supone que llega el 25 de Diciembre... y estamos a finales de Noviembre?, ¿no llega de noche y entra por...? ¡en mi casa no hay chimenea!, ¿no que viajaba en trineo con muchos renos... y se ha ido caminando, como llegó, y lo sigue un perro que le ladra mientras da la vuelta a la esquina?... A la semana siguiente un mensajero traía la foto y sin ninguna otra noticia del Santa Claus. Año con año caíamos, sonriendo a la espera que esa vez el regalo si fuera para nosotros.


Todavía me acuerdo de una tarde que fuimos los cuatro a comer pizza. Hablando con mi Mamá, ella también recuerda ese día y creo que fue por la cantidad de detalles que se juntaron e hicieron esos momentos inolvidables. El sitio era un Pizza Hutt sobre la Avenida Insurgentes, antes de llegar al estadio de CU. Un local muy acogedor, con mesas y bancos grandes de madera, y en el centro del lugar había un escenario muy pequeño donde sólo cabían los cuatro músicos que ahí tocaban. Era una banda como de las películas, vestidos con pantalón negro, camisa blanca y chaleco de rayas rojas y blancas, además de un sombrero negro y corbata.



Lo que más me gustaba de ese lugar era que tenía un enorme ventanal por donde podías ver cómo los cocineros elaboraban la masa y horneaban las pizzas; desde fuera y en el interior, donde pegada a la pared había un banco para que los niños pudiéramos montarnos ahí y mirar. Yo no me despegaba del ventanal desde que llegábamos, me gustaba ver todo el proceso, y una vez que ustedes habían pedido, tratar de adivinar cual era nuestra pizza. Me quedaba ahí hasta que veía cómo la ponían en la charola y decían nuestro número por el micrófono.

Ese era el ritual todas las veces, hasta que un día, mientras comíamos empezó a granizar. Cuando llegamos estaba todo seco, y cuando terminamos de comer y asomarnos a la ventana estaba todo blanco. Cayó tanto granizo que parecía que había nevado, las banquetas estaban cubiertas por lo menos unos 10 centímetros. Y eso, junto con el olor, el lugar en general, la música de la banda y el sucedáneo de la nieve me hizo sentir en otro lugar, en otro país, como en una película. Pero faltaba un detalle que tardó muy poco en completar el "cuadro". Cuando por fin pudimos salir porque ya había parado de caer el granizo, justo en la banqueta de enfrente iba caminando, como no podía faltar, un Santa Claus, completando así la postal navideña.


Trineo improvisado en nieve "improvisada"


Hemos estado en un lugares con nieve, como en el Desierto de los Leones o Contreras, no sé, quizás algún otro lugar de México, pero no tengo ningún recuerdo de eso. No sé cómo es el tacto de la nieve, se ha borrado de mi cabeza aunque si recuerdo el día en que nos tomaron esta foto. Recuerdo que Edgar, Beto, Güicho y yo nos sentamos encima de esa rama y tú nos arrastraste por ahí. Beny estaría chica y tal vez la cargaba mi Mamá. Me acuerdo que también iban mis tías Irma y Marta, y mi tío Humberto y Chiquis. Nunca he visto nevar y espero hacerlo pronto... aunque tenga que ir a Finlandia donde seguramente me toparé nuevamente con un Santa Claus. ese si será el verdadero y también espero que el regalo me lo pueda yo quedar después de tomarme la foto.
Tamales de iguanita (Café Tacvba)